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Había tortugas por todo el consultorio. En el escritorio, la mesa, y todos los lugares libres en los libreros. Las del escritorio estaban perfectamente alineadas como soldados en procesión militar; las más pequeñas al frente y las más grandes atrás con el mismo espacio entre ellas hacia delante o atrás y de derecha a izquierda. Era un ejército de tortugas con muecas indiferentes y sin expresión. Tan solo una llamó mi atención. Una que rebeldemente y por la gracia de ser original movía su cuello extendido y delgado yendo a un ritmo lentamente doloroso. El doctor me pidió que me sentara, tomo mi historial y se sentó frente a mí. Tenía la misma expresión que las tortugas. Ahí supe lo que me iba a decir. Lo que una semana antes nunca había pensado que me sucedería a mi.
Empezó a crecer de la nada, de tan solo un pequeño dolor en la axila como un pinchazo. Lo sentí una de esas noches que me iba a dormir, como siempre, solo últimamente. Orr se la pasaba viendo televisión, o mas bien escuchándola, ya que su principal atención estaba en navegar por los sitios de ligue en el Internet. Yo fingía no saberlo y él a no decirlo.
La tortuga seguía moviendo su cuello llevando la cabeza de arriba hacia abajo yendo un poco hacia los lados. A veces como si quisiera hacer círculos en el aire. Debe ser atosigante ser la única en destacar y ver a las demás estar tan quietas. Había visto varias de esas en mi último viaje a México. Su ritmo se volvió hipnotizante y por algunos momentos moví involuntariamente mi cabeza a su compás. El doctor habló. Levanté los ojos y ví a una persona totalmente ajena a lo que me estaba pasando. Mis ojos se perdieron en la pared para prolongar el tener que poner atención a lo que me diría. Tenía sus diplomas y títulos colocados en marcos baratos. Varias fotos típicas de estudios de Walmart or JcPenney donde las tres generaciones de su familia se veía. En las fotos si tenía expresión. Se le veía orgulloso.
Era tan solo una pequeña bola y decidí no darle importancia. Fue cuando estuvo del tamaño de un limón sentí el terror de sospechar lo que era. Lino se quedó mudo cuando se lo mostré. Tienes que ir al doctor, dijo con la voz tan ecuánime como podía. Ya sé, le respondí, mañana voy. Para entonces ya estaba del tamaño de una naranja. Salía de mi axila como si mi cuerpo lo vomitara, perfectamente redondo.
Es linfoma - me dijo - Volví mi vista a la tortuga que asentía con su cabeza.
-Ahora se puede curar. Le pasa a mucha gente. Tienes que hablar con tu doctor de cabecera para que él te dé más información.
“I know”, le respondí, “I’ll go tomorrow”
